Educar para sostener la democracia en la era digital: soberanía cognitiva, neuroderechos y justicia algorítmica
Wendy Ramírez
Dec 31, 2025
Piensa en cada vez que deslizas el dedo sobre la pantalla: un “me gusta”, un scroll, una publicación compartida. Cada gesto deja una huella que otros leen y analizan. Ese rastro digital configura un mapa invisible que influye en lo que verás mañana, en lo que creerás y hasta en las oportunidades que tendrás. Así, lo que antes considerábamos un territorio íntimo —la mente— comienza a convertirse en un espacio de disputa.
Este desplazamiento no es un efecto aislado, sino parte de una transformación más profunda. No se trata solo de la irrupción de tecnologías como la inteligencia artificial, sino de un cambio en la manera en que se teje nuestra vida mental y pública. Frente a ello surge una pregunta decisiva: ¿cómo podemos sostener la democracia si la ciudadanía, las instituciones y quienes regulan no comprenden las tecnologías que organizan su existencia? Desde ésta perspectiva, la educación se revela como brújula para navegar en éste entorno lleno de incertidumbre. Sin pensamiento crítico —sin soberanía cognitiva— conceptos como neuroderechos o justicia algorítmica quedan como aspiraciones sin impacto real.
Comprender esa soberanía implica mirar hacia dentro, hacia el territorio donde habitan la atención, la emoción y la identidad. Informes recientes advierten que las tecnologías digitales moldean percepciones, orientan deseos y afectan nuestra capacidad de decidir. Conceptos como daño neurocomputacional o erosión volitiva ayudan a entender cómo los entornos digitales pueden afectar funciones básicas de nuestra mente — concentrarnos, evaluar información o tomar decisiones con calma— reduciendo en consecuencia nuestra capacidad real de actuar con autonomía. Por eso, defender la soberanía cognitiva requiere alfabetización profunda: aprender no solo a usar tecnologías, sino a entender sus lógicas, intenciones y efectos sobre nuestra manera de ser.
Esta necesidad se hace evidente cuando observamos avances como los de Chile en materia de neuroderechos, es decir, los derechos que protegen nuestra actividad cerebral, nuestra identidad mental y nuestra autonomía cognitiva frente al uso de tecnologías capaces de registrar, interpretar o incluso modificar procesos neuronales. Aunque ésto representa un hito, un derecho desconocido pierde su fuerza. Si la población no comprende qué implican los datos cerebrales o por qué son sensibles, tales avances quedan reservados a especialistas. De ahí que la alfabetización se vuelva indispensable para hacerlos valer en la práctica.
La importancia de esta alfabetización conecta con un consenso internacional: el reto central no es dominar dispositivos, sino aprender a pensar en lo digital. Leer datos, cuestionar algoritmos y reconocer manipulaciones mediadas por IA son hoy competencias cívicas esenciales. En un mundo donde lo humano y lo virtual se entrelazan, estas capacidades permiten orientarse sin perder autonomía.
La urgencia se vuelve aún más clara cuando consideramos que algoritmos ya intervienen en decisiones vitales: asignan apoyos sociales, clasifican riesgos, vigilan y priorizan. Investigaciones muestran que pueden amplificar desigualdades estructurales. El algoritmo dejó de ser una herramienta neutral y se convirtió en un actor político. Sin comprensión pública de sesgos, opacidad o modelos de entrenamiento, la justicia algorítmica permanece como un ideal sin garantías.
Esto enlaza directamente con el desafío de las políticas públicas. La legislación contemporánea exige entender ecologías de datos, trazabilidad y evaluación algorítmica. Sin ciudadanía y gobiernos capaces de cuestionar estas infraestructuras, corremos el riesgo de deslizar la toma de decisiones hacia la tecnocracia. Por ello, urge impulsar una alfabetización digital ética y crítica, acompañada de inversión educativa, inclusión tecnológica y currículos que formen personas capaces de participar en los debates sobre las tecnologías que moldean su vida.
Y es aquí donde el argumento vuelve a su raíz más humana. Todo nos conduce a una pregunta íntima y colectiva: ¿quién queremos ser en un mundo que nunca deja de hablarnos, sugerirnos y empujarnos? La tecnología seguirá avanzando, pero nada reemplaza nuestra capacidad de imaginar futuros dignos. El reto de este tiempo es reclamar el derecho a entender este entorno, a gobernarlo y a humanizarlo. Necesitamos una educación que nos devuelva lucidez en medio del ruido y nos permita caminar con dignidad por territorios donde lo biológico, lo emocional y lo algorítmico conviven sin fronteras claras.
Este es el momento de actuar: de invertir en alfabetización crítica, de exigir transparencia, de cuidar nuestra mente como cuidamos a nuestras comunidades. Porque si la tecnología moldea el mundo, la educación moldea la capacidad de transformarlo. Y ese poder —el de comprender, decidir y cuidar— sigue estando en nuestras manos. Tomarlo es el primer acto de soberanía del futuro que queremos construir juntas y juntos.
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Referencias
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